Mandala: “Sanando con la Luz” (E.M.S.B.)
“SANANDO NUESTROS VÍNCULOS CON LA NATURALEZA PLANETARIA”
Momento de conexión
Nos invito a crear un espacio de silencio y conexión profunda, en sintonía con el universo. Elijamos un lugar apacible, libre de interrupciones externas, para facilitar nuestro silencio y quietud de cuerpo-mente-emociones.
Como tantas otras veces, comencemos por aquietar el cuerpo, simplemente aquietarlo y procurar serenidad física. Encontremos aquella postura que lo facilite, para lograr una profunda quietud corporal.
Focalicemos nuestra atención sólo en la respiración; percibamos el flujo de la del aire y su sutileza, entrando y saliendo por nuestra nariz, sin pausas y serenamente. Percibamos esa liviandad que produce el vaivén de la respiración, conectándonos con la fuerza y la vibración de la vida, a través del aire que inhalamos y exhalamos.
Cada movimiento de la respiración está en sintonía con el ritmo vital infinito. El aire es abundante y nos vincula unos con otros; el aire que nos rodea es como un abrazo cósmico que nos hermana con el ritmo de la vida, reuniéndonos en su infinita abundancia.
Dejémonos llevar por su ritmo, así, levemente, mansamente… hasta que entremos en un estado de serenidad en el que todos nuestros canales sensibles nos conecten con nuestra capacidad sensoperceptiva profunda. Reconoceremos este estado cuando seamos capaces de sentir que la paz nos abraza y que entramos en un espacio de serena alegría.
En ese espacio de silencio personal que hemos creado, procuremos conectarnos y comprender la infinita Unidad con todos los seres; con las fuerzas de la naturaleza; con las energías que se despliegan en ella, incluyéndonos. El vínculo que nace de esta percepción va más allá del tiempo y del espacio; este vínculo, los atraviesa y los abraza.
En este estado del cuerpo y del alma podemos sentir que somos el Todo y, a la vez, una parte; podemos sentir la infinita gratitud que anida en nuestro corazón, que es ese estado de Gracia y Bendición que nos transforma en seres amorosos y dignos de SER Humanos y planetarios.
Cuando aprendemos a sustentar con más frecuencia estos estados de plenitud, nos resulta más fácil comprender todos los vínculos posibles que podemos generar y sostener con todos los seres con los cuales convivimos diariamente.
Este es un planeta que nos ofrece sustento y abrigo, pero necesitamos aprender sus códigos y comprenderlos para lograr una comunicación óptima y genuina, que facilite nuestra convivencia planetaria.
Por ejemplo: el temor a la escasez, muchas veces, nos lleva a actuar devastando la maravillosa abundancia que nos ofrece el planeta; o el miedo a ser heridos por algún elemento del entorno natural, también puede llevarnos a procurar “sacarlo del medio” para evitar que nos lastime (aunque en realidad, no siempre ocurre eso…).
Para poder hacer los cambios necesarios en todos los vínculos que nos atraviesan, necesitamos comprender; y para comprender necesitamos conocer un poco más acerca de ellos; conocer y comprender por ejemplo, la esencia de cada elemento de la naturaleza, su comportamiento, sus necesidades y su sentido de existencia dentro de la totalidad.
Evoquemos el momento en el cual respirábamos juntos: El aire es abundante a nuestro alrededor; no reconoce fronteras que separen porciones de aire para que cada uno de nosotros inhale y exhale; no se divide en partes de uso exclusivo de unos y de otros, sino que se comparte fácilmente y está disponible para todos, con la certeza que cada uno tendrá lo que necesita de ese aire para sustentar la vida. Algo así, ocurre también con los frutos de la tierra: su abundancia se manifiesta claramente, excepto, cuando la intervención humana –guiada, tal vez, por el temor a “no tener lo suficiente”- la diezma, o incluso, puede llegar hasta agotar los recursos naturales.
Recordemos ese sentimiento de unidad, de totalidad que nos trae el “respirar juntos”. Tengamos presente esa imagen y dejemos que ese sentimiento se expanda y se convierta en una guía para la comprensión que abrace a los otros reinos. Percibamos esa consciencia de Unidad en la diversidad que nos regala la magia de respirar juntos y transformémonos en “amor en acción”, a tal punto, que podamos abrazar a la totalidad de la vida planetaria en profunda sintonía.
Nuestra identidad planetaria reclama sanar vínculos
Recordemos que somos seres espirituales, sensibles, emocionales, humanos y planetarios, con la capacidad de tender puentes entre todas las especies que habitan este planeta. Recordemos también, que compartimos el espacio y algunas características propias de la vida planetaria; que tenemos similitudes y - a la vez- diferencias y es preciso ser conscientes de esto.
Seamos conscientes que así como cuidemos al medio en el cual vivimos, así también nos estaremos cuidando a nosotros mismos; diríamos… “tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros”.
Sostener nuestra consciente responsabilidad de cuidar la integridad de estos puentes que nos unen hará posible, a su vez, la sustentabilidad de un planeta “habitable” para todos, en el que prevalezcan la bondad, el respeto, el amor y la hermandad, manifestándose en todos los vínculos que convergen en la convivencia planetaria.
¿Cómo llevar a la práctica esta consciencia de hermandad, de cuidado, de respeto y de confianza que necesitamos sustentar, para que nuestros vínculos con toda la naturaleza planetaria sean saludables?
Aquí comparto esta experiencia que puede contribuir para encontrar respuestas:
Recuerdo que hace unos años, al comenzar este milenio, con un grupo de estudiantes de todos los niveles escolares, compartimos una experiencia de diálogo con la naturaleza. Fue una experiencia maravillosa, en la que docentes y estudiantes nos vinculamos desde diferentes ángulos, con todo lo que forma parte del mundo natural conocido.
El primer paso fue generar el espacio de silencio personal; pasamos del mundo sonoro y visual externo a vincularnos con la respiración, hasta alcanzar la quietud necesaria para poder hacer el tránsito hacia ese mundo sensible de nuestro universo interno.
Ese tránsito estuvo lleno de “magia” porque cada uno creó su modo de conexión personal con una parte de la naturaleza; cada uno se sintió en sintonía con un elemento en particular y lo encarnó –por decirlo de algún modo- identificándose con su esencia, con su alma, con su identidad especial. Allí, en ese momento, comenzó un diálogo silencioso con un árbol, con un animal, con un mineral, con la tierra y las aguas, con el aire, con el fuego… Y dedicamos unos minutos simplemente para sentir; para percibir; para conectarnos lo más profundamente posible… Observamos también, cómo eran los vínculos de ese elemento elegido con el entorno y le dimos especial atención a los vínculos con los seres humanos.
Fuimos haciendo un registro minucioso de lo que sentíamos; de los pensamientos que aparecían en nuestra mente; de las sensaciones corporales que se iban despertando con el correr de la experiencia. Sentimos que -a medida que la profundizábamos- nos emocionaban -cada vez más- nuestros propios descubrimientos, dando lugar a una vibración que nos mantenía en profunda sintonía con ese elemento que estábamos personificando; sentíamos que vibrábamos en sintonía con su esencia, con su alma, con su identidad.
Finalmente, y para conservar viva la memoria de todas nuestras vivencias, redactamos una “carta abierta”; cada uno se expresó desde el lugar del elemento personificado y le habló, desde allí, al ser humano.
Fue maravilloso ponerle voz a los ríos, a las montañas, a las llanuras, los bosques, los desiertos… a los pájaros, las abejas, las hormigas… a los vientos, las lluvias… a la fuerza del sol… en fin, a todo cuanto llamamos “naturaleza”. Y, como broche de oro, desde ese lugar hicimos un llamamiento al ser humano, pidiéndole amparo, abrazo, cuidado, respeto, amor…
Todos quedamos en un estado de amor, casi sin poder hablarnos! Nuestras miradas brillaban de la emoción; era maravillosa esa sensación amorosa vibrando en todos y en cada uno de nosotros. Sentimos realmente la manifestación de la hermandad que nos une, más allá de las especies, percibiendo el alma de todas ellas y sintiendo que –en realidad- somos una sola alma con diferentes modos de manifestar su identidad planetaria.
Tal vez, este relato nos inspire para ejercitarnos en ser más conscientes del cuidado de nuestros vínculos con cada una de las manifestaciones de la naturaleza planetaria.
Tal vez, este relato despierte el espíritu indagador de lo que está más allá de los ojos pero muy cercano al corazón.
Tal vez, existan más experiencias como la que compartí, capaces de profundizar la sensibilidad del ser humano para vincularse con la naturaleza desde diferentes rincones de su amplia manifestación.
Tal vez, sensibilizarnos, dejar que las emociones afloren, que se hagan visibles, sea un modo de generar vínculos conscientes y profundos con toda nuestra realidad planetaria.
En el diario convivir estamos todos incluidos: humanos, animales, plantas, minerales… el aire, el agua, el fuego, la tierra… todo!
¿Y si liberamos las corazas y dejamos que nuestro ser sensible y emocional aflore, libre de las barreras intelectuales y estereotipos culturales?
¿Y si dejamos que nuestras miradas recorran las visiones milenarias de todas las culturas del mundo para “recordar” (volver a pasar por el corazón) cómo eran los vínculos con la naturaleza antes de los avances tecnológicos?
¿Y si abrimos el corazón para que se produzca la magia de múltiples encuentros de corazón a corazón, de alma con alma?
Dejo abierto este espacio para que cada uno de nosotros pueda preguntarse, responderse, conocer y recrear modos amorosos y respetuosos de vincularse con la totalidad de la naturaleza planetaria. Porque así, estaremos sanando nuestros vínculos de aquellas viejas heridas que pudimos haber causado a la naturaleza en todas sus manifestaciones, en nuestro convivir planetario.
Y como dice esta canción, rescatada de la cultura del pueblo Mapuche (1) -cuya lengua es el “mapudungun”-...
“Una sola alma”
Toda la tierra es una sola alma
Somos parte de ella
No podrán morir nuestras almas
Cambiar, sí que pueden,
Pero no apagarse
Una sola alma somos,
Como hay un solo mundo
Una sola, sola, alma.”
Esther Mónica Shocron Benmuyal
Embajadora
de Paz
Distinción otorgada por la Fundación Mil Milenios de Paz
http://alaluzdelavida.blogspot.com
http://semillasluzparalavida.blogspot.com
Mapuche: uno de los pueblos amerindios más emblemáticos de América del Sur, cuyo nombre proviene del “mapudungun” (su lengua ancestral) y significa «gente de la tierra» (mapu: tierra, che: gente). Habitaron principalmente en el centro-sur de Chile y algunas regiones de la Patagonia Argentina. Su cultura se caracterizó por la profunda conexión con la naturaleza y su resiliencia.